Lake Tahoe | Jazz Rock: ¡Vade Retro!


Inmensamente popular, este género --al que muchos consideran híbrido--  llevó el jazz a un público joven que lo desconocía, abriendo en ese tránsito una puerta a otros estilos de los que está hecho nuestro presente.  
POR GUSTAVO FERNANDEZ WALKER


WEATHER REPORT. El grupo de Joe Zawinul y Wayne Shorter.
Ya es casi un lugar común distinguir las nociones de “comienzo” y “origen”, reservando para el primero el costado cronológico del asunto y, para el segundo, la parte vital, la chispa a partir de la cual nace algo nuevo y generalmente inesperado. En el caso del jazz rock (categoría problemática, y por más de una razón), el comienzo puede ser difícil de establecer a ciencia cierta. El origen, en cambio, no ofrece mayores inconvenientes. Como para tantos otros fenómenos relacionados con el jazz, tiene nombre y apellido: Miles Davis.
Pero volvamos al comienzo. Por lo pronto, resulta complicado definir exactamente qué es el jazz rock, cuando todavía deben sortearse unas cuantas dificultades para definir qué es el jazz, a secas. El agregado del rock a la ecuación no hace más sencillo el problema, a pesar de lo que puedan creer los críticos del subgénero (¿pero subgénero de qué?, ¿del jazz o del rock?). Para ellos, el rock nivela siempre “hacia abajo”: se lo asocia más a lo impuro, a lo crudo y elemental. Si el jazz es la posibilidad de todas las ideas y sus múltiples derivaciones, el rock parece siempre impulsado por una única idea fija. Bajo ese punto de vista, el jazz rock sería aquella música que es igualmente despreciada por los amantes del jazz y del rock: demasiado pretenciosa para unos, demasiado complaciente para otros. O, dicho de otro modo: jazz para los que no aman el jazz. De ahí esas palabras ambiguas (no se sabe si son elogios o insultos) que tantas veces se utilizan para hablar de los cruces e impurezas propias del género: “fusión”, del lado del jazz; “progresivo” para hablar del rock. Si de algo sirven esos nombres, es para indicar que no se sabe a ciencia cierta cómo se debe escuchar esa música. Y, claro, están los que se preguntan por qué habría alguien de escucharla.

El comienzo
Cada género, por usar una fórmula borgeana, inventa sus precursores. El comienzo del jazz rock, entonces, puede rastrearse hasta los primeros coqueteos de los músicos de jazz con la electricidad (“¡Judas!” era, al parecer, un grito bastante común en los 60) y con algunas fórmulas de probada efectividad en el ámbito del rock (el riff , la base rítmica regular de bajo eléctrico y batería, por caso) o, del lado del rock, la progresiva aparición de solos extensos que reproducían, si no la forma, al menos una cierta gestualidad del jazz, empezando por el gesto de dolor de los guitarristas en trance. Pero no se hablaba aún de jazz rock: de cada lado de la frontera, cada músico seguía haciendo lo suyo, y esos pequeños gestos apenas si eran guiños (acaso provocaciones) para la propia feligresía.
A los efectos de trazar una línea de tiempo imaginaria, 1967 sirve como un buen punto de partida: es, desde ya, el año de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles (¡ah, ese clarinete en “When I’m Sixty-four”!) y de Are You Experienced? de la Jimi Hendrix Experience. Ciertamente, no se trata de discos de jazz, pero es imposible imaginar el desarrollo de eso que se llamará más tarde jazz rock sin la revolución que esas grabaciones significaron en términos de los límites que la música popular –el rock, fundamentalmente; el jazz tuvo siempre la transgresión en su ADN– se permitiría hacer más flexibles. 1967 es también el año de Duster del Gary Burton Quartet, para muchos la primera grabación del género “fusión”. A modo de aviso, Burton había editado un año antes The Time Machine : el disco era acústico (estaban Steve Swallow en contrabajo y Larry Bunker en batería y percusión) pero incluía una versión de “Norwegian Wood”, de The Beatles. Ya en Duster , la guitarra (eléctrica) estaría a cargo de Larry Coryell, que en 1966 había participado en Out of Sight and Sound de los Free Spirits, otro de los discos infaltables en la prehistoria del jazz rock. Y es que si la palabra “free” tiene connotaciones muy precisas dentro del léxico del jazz, en el caso del rock y, particularmente, en los años 60, era prácticamente imposible no encontrarla asociada a todo tipo de experiencias musicales. Y los Free Spirits, a pesar de la trayectoria innegablemente jazzística de sus integrantes (el baterista Bob Moses, por caso) hicieron lo que, al fin de cuentas, hoy se escucha como un disco de rock, en el buen sentido de la palabra.

Y es que, acaso más que otros géneros, el jazz rock parece indisolublemente ligado a una época: el fin de los años 60 y los primeros 70. Como si el virus de la psicodelia hubiera atacado al jazz y al rock por igual y hubiera contribuido a generar, a partir de tradiciones diversas, un nuevo monstruo. No es casual que, por esos años, en los Swingin’ Sixties londinenses, se formara un grupo como Soft Machine, cuyo primer álbum, The Soft Machine , se editó en 1968, aunque la banda de Robert Wyatt ya venía ensayando desde 1966. Todavía hoy resulta imposible intentar explicar qué tipo de música hacía esa gente (y sigue haciendo: Wyatt editó Comicopera en 2007, un disco inclasificable en el que participan Brian Eno y Phil Manzanera y que termina con una versión imposible de “Hasta Siempre Comandante”).

De alguna manera, es como si, del lado del rock, hubiera menos reparos a la hora de acometer proyectos deliberadamente híbridos. Hay una cierta impunidad que va más allá de ese clima particularmente fértil para la experimentación sonora que fueron los últimos años 60. Diego Fischerman lo describe bien en Efecto Beethoven. Complejidad y valor en la música de tradición popular : jamás la música para un público masivo estuvo tan cerca de las vanguardias más duras como en aquellos años. Y el jazz rock fue uno de los frutos de esa revolución. En todo caso, no es descabellado pensar que gran parte de ese afán experimental tiene que ver con el origen marcadamente generacional del rock: una música para jóvenes a los que la guerra había dejado en una suerte de virtual (y para muchos, real) orfandad. En una célebre entrevista, el habitualmente parco Keith Jarrett explica su preferencia por el piano acústico y las razones por las que en muy contadas ocasiones se animó a pasarse al lado eléctrico: “los instrumentos eléctricos son juguetes”, dijo entonces. “Juguetes fascinantes y a veces complejos; pero juguetes al fin de cuentas”. El jazz rock fue siempre un juego complicado, cuyas reglas nunca fueron claras.

El origen
Solía decir que la suya era la mejor banda de rock del mundo. Uno podría pensar que se trataba, fundamentalmente, de una provocación. Pero es difícil escuchar el comienzo de A tribute to Jack Johnson (1971) y no sentir el deseo de tomar la frase de Miles Davis al pie de la letra. “Right Off”, el lado A del disco, es la quintaesencia del jazz rock, el momento en el que se conjuga lo mejor de ambos mundos. Los primeros dos minutos alcanzarían para que Davis pudiera vanagloriarse, también, de tener el mejor power trio del mundo, cortesía de John McLaughlin, Michael Henderson y Billy Cobham.

Pero si Jack Johnson marca un posible punto de madurez dentro de esos turbulentos años “eléctricos” de Miles Davis, el verdadero origen debe buscarse más atrás. Una vez más, es necesario remontarse a 1967. En sesiones que recién serían editadas en 1979 (en la enciclopedia involuntaria que es Circle in the Round , con grabaciones que van de 1955 a 1970) y en 1981 (Directions) Miles Davis ya había “enchufado” a Herbie Hancock al piano eléctrico e incorporado la guitarra eléctrica de Joe Beck. En 1968, Miles in the Sky (sin diamantes) sugería, con la incorporación del guitarrista George Benson en “Paraphernalia”, lo que terminaría de cristalizar en In a Silent Way (1969) y, fundamentalmente, Bitches Brew (1970), para muchos, el verdadero origen de todo.

Si se repasa la lista de nombres que participaron en las sesiones conjuradas por Miles Davis en aquellos años (y de las que saldrían otros discos imprescindibles como Live-Evil , Big Fun y el irresistible funk de On the corner ), es fácil advertir hasta que punto no es exagerado vincular ese momento y ese lugar con el big bang del jazz rock: allí, junto al apóstata Keith Jarrett, están John McLaughlin, Joe Zawinul, Chick Corea, Herbie Hancock, Wayne Shorter, Dave Holland, Jack DeJohnette, Hermeto Pascoal, Tony Williams... Prácticamente un “quién es quién” de lo que cristalizaría en la etiqueta jazz rock aplicada a las bandas de cada uno de ellos: la Mahavishnu Orchestra (McLaughlin), Weather Report (Zawinul), Return to Forever (Corea), Lifetime (Williams), Headhunters (Hancock) o Parallel Realities (DeJohnette, con participación de Holland y Hancock, sumados al guitarrista Pat Metheny).

  • Si los 70 marcaron el pico de popularidad de estas bandas, no es de extrañar que el recambio generacional insinuara la decadencia del género en los 80: la explosión del punk a fines de los 70 modificó radicalmente el mundo del rock. Y si el punk nacía como una respuesta al exagerado virtuosismo del rock “progresivo”, la degeneración del jazz rock en una suerte de pop blando explícitamente caracterizado como easy listening sería aquello contra lo cual se rebelarían los promotores de un movimiento con una denominación igualmente explícita: acid jazz. Es que, sea cual fuere la etiqueta que se le quiera acoplar, el jazz será todo menos complaciente.

Abarcar todos los meandros de un género elusivo por definición es decididamente imposible. Baste señalar, a modo de cierre, que esa unión de caminos propia del jazz rock es más fácil de rastrear en los guitarristas, acaso por la naturaleza misma de su instrumento: Bill Frisell, Al Di Meola, John Scofield, Marc Ribot o Andy Summers, por caso, deberían figurar en toda lista que pretenda recorrer el derrotero del jazz rock. Al fin de cuentas, fue un guitarrista, en el delta del Mississippi, el que inventó el rock merced a un pacto con el diablo. Los detractores del jazz rock, que ven a la fusión como un producto satánico, parecen creer a pies juntillas en la leyenda de Robert Johnson. Acaso algo de eso intuía Miles Davis en sus grabaciones de los 70: prácticamente todos sus discos aluden a ese costado oscuro y salvaje: Live-Evil , Dark Magus , Black Beauty , incluso la referencia al caos primordial de Pangaea parece indicar la fascinación por conjurar fuerzas que finalmente se salen de control. Miles, el aprendiz de brujo. Acaso eso explique por qué muchos se sienten tentados a exclamar ¡vade retro! ante la sola mención del jazz rock. Y acaso por eso mismo, para otros, el jazz rock encierre también el encanto de lo prohibido.

Fuente: Revista Ñ

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